Estadísticamente,
la tasa de matrimonios fracasados que terminan en divorcios ha aumentado en
comparación con siglos pasados, sólo en Estado Unidos, esto dando como
conclusión que de 10 parejas sólo 3 llegan a sobrevivir y a mantenerse en
matrimonio estable. Entre las causas de los divorcios se encuentra la
inmadurez, dada por su puesto por una coletilla de hechos y factores que hacen
que uno o ambos individuos dentro del matrimonio, desista de la idea de compartir
su vida con otra persona de forma vitalicia.
Se menciona
una terminología denominada inteligencia emocional, la cual tiene que ver con
esa capacidad de integrar elementos internos y externos inherentes a los
procesos de resolución de problemas. Actualmente se ha visto mermada la vida en
pareja como matrimonio por el declive de inteligencia emocional en los
cónyuges, a esto se le suman hechos ocurridos durante la infancia, puesto que,
la crianza de la mujer supone un procedimiento mucho más exhaustivo, en donde
ha prevalecido la enseñanza del sentimiento como epicentro de la vida, la
expresión de lo que piensa y cómo reaccionar ante eventualidades con sus
parejas. Desde que son niñas, son tratadas con mayor sensibilidad, tanto física
como verbal, lo cual hace, que en ellas se cree una perspicacia natural propia
para la resolución de muchos problemas.
Por otro
lado, la crianza del niño es más básica, se execra la plática de los
sentimientos, la exposición de pensamientos y, por ende, se trunca el
aprendizaje en la resolución de problemas, desviándose a la agresión verbal e
incluso física en muchos casos. El trato que desde niño recibe los varones es
más tosco y reducido, limitado expresivamente. A lo cual se creará un individuo
intolerable y poco expresivo con poca información sobre el mundo emocional.
Dentro de la
relación de pareja, claramente se presentan dos individuos totalmente
diferentes, puesto que existen dos realidades emocionales distintas –la de la
mujer y la del hombre– y todo esto se vive dentro de una misma relación de
pareja.
En estudios
realizados en la Universidad de Washinton, dirigidos por el psicólogo John
Gottman se determinó que las críticas
destructivas son una clara señal de alarma que indica que el
matrimonio se encuentra en peligro. En un matrimonio emocionalmente sano, tanto
la esposa como el marido se sienten lo suficientemente libres como para
formular abiertamente sus quejas. Pero suele ocurrir que, en medio del fervor
del enfado, las quejas se formulen de un modo destructivo, bajo la forma de un
ataque en toda regla contra el carácter del cónyuge, provocando esto un
estallido de ambas partes, logrando así los cometidos, una destrucción a la
integridad emocional, física e incluso una separación inminente. Cuando existen
críticas destructivas por encima de quejas asertivas, ambas partes se escudan
de la mejor forma –o como saben hacerlo– en donde lo más común sería devolver
el ataque con algún comentario que altere por completo al cónyuge y que lo
lleve a un estado de ira incontrolable; lado contrario y opuesto sería la
utilización de la huída como escapatoria, dejando así un silencio sepulcral que
logra que la discusión se torne más álgida por no lograr la expresión o
manifestación de lo que en sí se está discutiendo.
10. EJECUTIVOS CON CORAZÓN
El liderazgo no tiene que
ver con el control de los demás sino con el arte de persuadirles para colaborar
en la construcción de un objetivo común. Y, en lo que respecta a nuestro propio
mundo interior, nada hay más esencial que poder reconocer nuestros sentimientos
más profundos y saber lo que tenemos que hacer para estar más satisfechos con
nuestro trabajo.
Existen otras razones
menos evidentes que reflejan los importantes cambios que están aconteciendo en
el mundo empresarial y que contribuyen a situar las aptitudes emocionales en un
lugar preponderante. La capacidad de expresar las quejas en forma de críticas
positivas, la creación de un clima que valore la diversidad y no la convierta
en una fuente de fricción y el hecho de saber establecer redes eficaces.
11. LA MENTE Y LA MEDICINA
Existen pruebas claras de que la eficacia
preventiva y curativa de la medicina podría verse potenciada si no se limitara
a la condición clínica de los pacientes sino que tuviera también en cuenta su
estado emocional. Obviamente, esto no es aplicable a todos los individuos y a
todas las condiciones, pero el análisis de los datos procedentes de miles de
casos nos permite afirmar hoy, sin ningún género de dudas, las ventajas
clínicas que conlleva una intervención emocional en el tratamiento médico de
las enfermedades graves. No obstante, en el polo opuesto nos encontramos con
una ideología igualmente contraproducente, la creencia de que somos los
principales artífices de nuestras enfermedades, la creencia de que basta con
afirmar que somos felices y salmodiar una retahíla de afirmaciones positivas
para curarnos de las más graves dolencias.


